Después de meses construyendo mi mejor versión como corredor, una lesión me obligó a detenerme justo cuando sentía que todo empezaba a encajar.
Venía probablemente de los mejores meses que he tenido. No necesariamente por resultados, porque mi última maratón seguía siendo un 3:06 y no había una nueva marca que demostrara que ahora era un corredor diferente, pero los entrenamientos y las sensaciones me decían otra cosa. Durante meses había visto cómo ritmos que antes requerían un esfuerzo importante comenzaban a sentirse cada vez más naturales, las semanas de 80 o 90 kilómetros ya eran parte normal de mi entrenamiento y poco a poco había empezado a creer que correr una maratón por debajo de 2 horas y 55 minutos no era solamente una idea optimista.
Todo iba bastante bien hasta que, a finales de mayo, comencé a sentir una molestia en el empeine derecho. Al principio no parecía algo especialmente importante y, siendo sincero, tampoco era la primera molestia que había tenido desde que empecé a correr. Cuando uno entrena prácticamente todos los días se acostumbra a sentir pequeñas cosas en diferentes partes del cuerpo y aprende, para bien o para mal, a convivir con ellas. En mi cabeza la evaluación era bastante sencilla: no me dolía al caminar y todavía podía correr, así que probablemente no fuera nada grave.
El problema fue que la molestia no desapareció. En cuestión de pocos días pasó de ser algo que simplemente notaba mientras corría a convertirse en algo en lo que pensaba constantemente. Aun así, la Maratón de San José estaba demasiado cerca y creo que eso influyó bastante en mi forma de interpretar lo que estaba pasando. Después de tantos meses entrenando, de completar fondos de 30 kilómetros y de soportar semanas con mucho más volumen, parecía absurdo pensar que una pequeña molestia en el pie pudiera detenerme justo unos días antes de una maratón.
El 30 de mayo fui a fisioterapia y la evaluación cambió completamente el panorama. Había una fisura por estrés en el metatarso acompañada de periostitis en la zona externa del peroné y la recomendación fue bastante clara: no correr. La Maratón de San José era solamente una semana después.
Creo que en ese momento mi preocupación no era realmente la lesión. Al menos no completamente. Lo primero que pensé fue en la maratón y, casi inmediatamente después, en todo lo que podía perder.
Durante meses había seguido mi progreso de una forma casi obsesiva. Conocía el costo cardíaco de mis ritmos suaves, sabía cómo había cambiado mi frecuencia cardíaca en determinados entrenamientos y podía comparar una sesión con otra realizada meses atrás. Había visto, poco a poco, cómo mi cuerpo se convertía en el de un corredor más eficiente y sentía que estaba llegando a un nivel al que nunca había estado antes.
Por eso parar no se sentía simplemente como descansar. Se sentía como ver desaparecer algo que me había tomado meses construir.
Sé que la forma física no funciona de esa manera y probablemente también lo sabía en ese momento, pero una cosa es entender algo racionalmente y otra muy diferente aceptarlo cuando se trata de uno mismo. Empecé a pensar cuánto tiempo podía estar sin correr, cuánta economía perdería y cuántas semanas necesitaría después para regresar al mismo punto. Todavía ni siquiera había comenzado a recuperarme y yo ya estaba intentando calcular cuánto tardaría en volver.
La Maratón de San José quedó descartada. Después de organizar durante meses entrenamientos, horarios, comidas y fines de semana alrededor de correr, no iba a estar en la salida. Curiosamente, creo que aceptar que no podía correrla fue más sencillo que aceptar todo lo que venía después. Una carrera tiene una fecha concreta y, una vez que pasa, se acabó. Una lesión está llena de preguntas y casi ninguna tiene una respuesta exacta.
Pasé dos semanas sin correr. Visto desde ahora parece muy poco tiempo. Mientras estaba dentro de esas dos semanas, no se sentía así.
Cada día estaba pendiente del pie. Caminaba y analizaba si había sentido algo, movía el pie buscando molestias y, si aparecía alguna sensación diferente, inmediatamente intentaba entender de dónde venía. Probablemente muchas de esas sensaciones habían estado ahí siempre, pero nunca les había prestado atención. Después de una lesión, cualquier cosa parece una señal.
El 9 de junio tuve mi primer día completamente libre de ejercicio desde el 24 de diciembre del año anterior. No corrí, no hice fuerza y tampoco intenté buscar alguna actividad para compensar. Simplemente descansé. Fue extraño darme cuenta de lo difícil que me resultaba no hacer nada.
Correr había dejado de ser únicamente una actividad que hacía durante una hora al día. Organizaba buena parte de mi rutina alrededor de los entrenamientos, pensaba constantemente en cómo mejorar y siempre había una siguiente sesión que analizar. De repente tenía el tiempo, pero no tenía el entrenamiento, y mi primera reacción fue buscar cómo llenar ese espacio.
Pensé en fuerza, en ejercicios que podía hacer sin afectar el pie, en formas de mantener la condición física y en cualquier cosa que me permitiera sentir que todavía estaba avanzando. Me costaba aceptar que, por unos días, recuperarme era realmente lo único que tenía que hacer.
Creo que hasta ese momento siempre había entendido el progreso como acumulación. Más kilómetros, más semanas consistentes, fondos más largos o entrenamientos que antes no habría podido completar. Incluso descansar tenía sentido porque existía para poder entrenar mejor al día siguiente. El descanso era parte del entrenamiento y, de alguna manera, seguía sintiendo que estaba haciendo algo para mejorar.
Esta vez era diferente. No estaba descansando para correr mañana. Estaba descansando porque no podía correr. No había un entrenamiento esperando al día siguiente ni una sesión para la que necesitara recuperar las piernas. Tampoco podía medir si lo estaba haciendo bien o si estaba avanzando más rápido. Mi única tarea era esperar y confiar en que, aunque no pudiera verlo en un ritmo, en una distancia o en algún dato del reloj, mi cuerpo estaba haciendo el trabajo que necesitaba.
Creo que eso fue lo que más me costó entender durante esas dos semanas. Estoy acostumbrado a relacionar el esfuerzo con el progreso y a buscar alguna señal que confirme que voy en la dirección correcta. Corriendo es relativamente sencillo encontrar esas señales: un ritmo que cuesta menos, una frecuencia cardíaca más baja o un entrenamiento que meses atrás parecía imposible. Recuperarse de una lesión no funciona de la misma manera y, al menos en mi caso, aprender a no intervenir constantemente fue probablemente más difícil que dejar de correr.
El 15 de junio, después de 2 semanas de descanso y varias sesiones de fisioteriapia, finalmente regresé, pero eso es historia para otro momento.



